Al final todos se mueren. Una vez me encontré con ese mensaje al abrir un libro. Hamlet. La predicción era correcta. Y en esta ocasión no fue una excepción.
El hombre había ido al trabajo y , en la calle, mientras encontraba la oscuridad de la penumbra urbana, lo sintió. Se le espasmó el corazón, mas que un dolor logró prevenir que se trataba de un aviso. No aguardó, corrió hacia la casa, salto sobre la barda y se lanzo contra la ventana. La desesperación, que le había inculcado la certeza, era total. Se levanta del piso. Y empezando a gritar los nombres de la familia entraba en las piezas. En la de su hija yacía la cama desecha y un set de pinturas desparramado en el piso. En la de su hijo se veía la cama limpia agarrando polvo. Y en la suya no encontró nada a parte del pijama tendido en el piso del baño. Lo recoge y vuelve hacia la habitación para intentar localizarla por teléfono. No hay respuesta. Incluso el ruido de la vibración se oía dentro de la casa. La tranquilidad era plena, como para calmar un toro. No halló nada mas que esperar. Se ducha, cambia de ropa, limpia los vidrios caídos y empieza a inventar una excusa, repitiendo y corrigiéndose en voz alta, para cuando llegara su señora.
El tiempo se alarga. Llama al trabajo, a los amigos, a sus padres, a los carabineros, mas nadie contestaba. Suelta el teléfono y, sentado en la cama contraído de hombros, logra figurar lo que pasa. El lapso temporal se acelera y sale de la casa, corriendo a mil respiraciones por segundo por el centro de la calle. El ritmo va creciendo hasta llegar a la avenida. Ahí lo ve. El silencio. Una tranquilidad casi suicida. Corre hacia lo alto del paso de nivel, una vez arriba casi llora por lo que veía. Un ejercito de luces estancadas en trafico de las ocho. Millones de autos vacíos que llegaban hasta el horizonte visible. Tal cual como un navío descomunal de barcos asaltado por piratas. Adentro de ellos: corbatas, ternos y vestido tendidos en los asientos. Grita para llamar a alguien, cualquiera. Aterrorizado se preguntaba que habría pasado, lo más de moda eran los terroristas, pero esto era tremendo. Imaginaba extraterrestres, guerras mundiales, todo lo que cualquier película de ciencia ficción hubiera inventado. No le costo acostumbrarse mucho a la idea, ni le pareció eso de traumarse por la ausencia de la sociedad. Lo vio como la oportunidad perfecta para liberarse de todo.
Así partió, empezaba saqueando los supermercados, las tiendas de video, de ropa, bibliotecas, consumiendo todo y entrando a casa con que chocaba. No las robaba, las miraba y analizaba por ocio. Se paseaba en calzoncillo y pantuflas por la ciudad. Andaba en bicicleta en la iglesia, jugaba a los autos chocadores, con autos reales y juntaba armas por si se avecinaba un ataque de zombis.
Un día fue a la oficina con un garrote de metal, y, a medida que pasaba por los cubículos, demolía lo que veía con ese desdén que había adquirido. Ya hacia esto como la rutina que siempre imagino pero que estaba cubierta por la real, la de terno y chupamedias del jefe. De una patada abre la sala de reuniones y, sacando un spray del bolsillo de su bata, comienza a escribir en las paredes y ventanas. "Chupenme el pico" dejo claramente impreso en el ventanal a espaldas de la silla del jefe. Para finalizar se sube a la silla de la cabecera para, después de bajarse los calzoncillos, empieza a defecar sobre la mesa mirando hacia la ventana. Una vez que terminó, al darse vuelta, se le atraganto el aliento, puesto que pudo ver a otras personas haciendo exactamente lo mismo que él. Algunas vestidos de manera similar, otros sin siquiera ropa, otros pintados o disfrazados de mujer. Incluso, en la sorpresa, logro ver mas cosas pintadas en las paredes, declaraciones y garabatos variados, todos con distintos colores. La vergüenza se densifico de una manera grotesca, todos se sentían violados con la mirada y agresivamente mofados con el silencio. Se veían expuestos de una manera intimísima, se sentían penosos y repugnantes. Nadie lo aguanto, se aviolentaron, y, abalanzándose unos sobre otros, todos mataron y murieron. Tenían que morir, porque, bueno, eso sale al principio.
Thursday, March 30, 2006
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